lunes, 27 de junio de 2016

Vine a salvar el mundo





Vine a salvar el mundo, dijo.
Algunos creyeron firmemente en sus palabras. Al pié de la letra. Otros se quedaron expectantes, conteniendo la respiración.
Algunos más, dijeron: ¡Bah!
Y no faltó quien pensara que bastante suerte tendría si lograba salvarse él.
Durante el transcurrir de mi vida participé de la esencia de cada una de estas corrientes. La primera fue en mi niñez. Mi inocencia estaba ávida de escuchar y aceptar que había una mágica realidad que gobernaba el mundo, y gustosamente me rendí a ella. Fueron tiempos de cuentos de hadas y duendes. En mi mente aún conservo imágenes de esos cuentos. La diferencia con el salvador del mundo es que este último no tenía un final feliz. Marcaba una realidad.
Con el pausado desvanecimiento de mi ingenuidad fui decepcionándome de la primera corriente y cambiando mi esperanza a la segunda. Más adelante también dije: ¡Bah!, y me olvidé del asunto. Ya era obvio que no había podido salvarse él, y además decían que había dado su vida para salvarnos a todos.
Ante una leyenda que no entendía preferí poner mi atención en otros asuntos. Pero no me fue bien.
Bueno, en algunos momentos las cosas iban bien. Pero la sensación de que faltaba algo importante era constante. La vida era como navegar con frágil canoa en aguas turbulentas de un vertiginoso río de montaña con muchas rocas y peligros en el camino. Como en el río, había remansos de aguas tranquilas, pero eran breves momentos. El peligro de caer por una gigantesca cascada era permanente. En varias ocasiones el torbellino de la vida me hizo añicos la canoa. Entonces, aferrado a alguna roca, me afanaba en rescatar los pedazos para reparar mi frágil embarcación. Algunas veces lloré, otras renegué, y muchas otras perdí la esperanza. Y hasta la roca. Pero como no se puede vivir sin esperanza, y yo quería vivir, me inventaba una esperanza nueva. Con ella sosteniendo mi corazón, juntaba los pedazos de canoa que había podido salvar y me las arreglaba para poder llegar a alguna orilla donde pudiera rehacer mi viaje.
Siempre con la sensación de que había algo. Algo que podría dar respuestas a todas mis preguntas e inquietudes. A esa misma sensación la mandé varias veces a tú sabes donde.
Pero en fin, no deseo aburrirte con la historia de mi vida, que por lo demás, probablemente solamente es de mi interés. Más bien voy a decirte lo que estás esperando oír. SÍ. Sí hay una explicación. Sí hay respuestas a todas mis preguntas, y a las tuyas también.
¡Cuánto alivio experimenté cuando discerní la esperada respuesta!
Con ella todo encaja perfectamente. Ante ella no puedes evitar sonreír, pues tu alma se regocija de nueva esperanza. La sonrisa brota como cuando, casi al final de la película, cuando parece que todo está perdido y ganarán los malos, aparece el paladín que hará justicia y pondrá a cada quien en su lugar.
Sin embargo debo alertarte en algo. Una vez que conozcas la tan esperada explicación, deberás colocarla en un lugar donde inevitablemente la mires todos los días, y tu primera acción de la jornada será recordarla y reflexionar sobre ella, hasta que con el tiempo y el aprendizaje, se siembre en la esencia de tu ser y, siendo parte natural de ti, emerja espontáneamente en tu conducta.
Si no le das importancia a lo que intento transmitirte, producto de mis vivencias, en pocos días tus viejos conceptos habrán desvanecido de tu mente la nueva enseñanza, y estarás de regreso practicando tus viejos errores y vicios. Volverás a naufragar y renegar, hasta que un día, con el corazón vacío y triste, tengas la buena suerte de tropezar de nuevo con la sabiduría, y retoñe nuevamente en tu alma la flor de la esperanza.

Por alguna razón que no es imprescindible conocer ahorita, hemos fundamentado nuestras vidas en la firme convicción de que somos seres insignificantes, enviados a vivir en un caprichoso y cambiante mundo infectado de injusticias y de maldad, en el cual estamos a merced de sufrir cualquier atrocidad para que paguemos pecados que supuestamente cometimos en otras vidas, de las que misteriosamente no conservamos ni el más vago recuerdo. Y aunque no hayamos cometido ningún error, de todas maneras estamos sujetos a sufrir cualquier absurdo percance porque el mundo es así y punto.
La única oportunidad de encontrar alivio a nuestras desgracias es suplicar a un indolente dios cuya descripción de bueno no se corresponde con la realidad que vivimos día tras día, y no siente remordimientos de permitir que seres inocentes sufran cualquier cantidad de aberraciones. A veces parece atender, otras como que no está de humor, y la infinita mayoría de ocasiones ni contesta. Nos rebelamos, nos rendimos, nos sometemos, volvemos a rebelarnos y luego a someternos, y así nos va pasando la vida sin entender nada. De vez en cuando concluimos que estamos en el infierno.
Finalmente terminamos por aceptar que estamos aquí para ser abusados, y nos resignamos. Nos quedamos esperando que la vida pase a ver que nos trae. Oramos, suplicamos, pedimos, mendigamos. Dios lo quiere así, decimos.
¡Pues no! ¡Las vainas no son así!
¡Rebélate! ¡Cambia ese dios ridículo por el Dios verdadero!

Vine a salvar el mundo quiere decir: Vine a superar este mundo de mentira, que no existe. Vine a despertar y superar esta pesadilla, este mal sueño.

La obra de Dios ha sido calumniada. Es exactamente como cuando nos han mentido sobre alguien o algo y nosotros nos comportamos hacia ese alguien o algo defensivamente. Lo damos por malo y reaccionamos de acuerdo a lo que creemos.
La obra de Dios ha sido calumniada y nosotros ingenuamente hemos aceptado que Dios es un incapaz que teniendo todo el poder y la perfección no logró hacer su tarea. O que es un mal intencionado irascible y caprichoso que disfruta haciéndonos la vida de cuadritos con enfermedades y desgracias.
Como puedes ver, estas piezas no encajan en el juego. Si Dios es perfecto no puede andar creando mal, y si no es perfecto, el universo tendría que haberse destruido inexorablemente. Por lo tanto, puedes respirar aliviado.
Conclusión lógica, estamos en presencia de una grandísima mentira.

Sí, así como lo estás entendiendo. El mundo imperfecto es de mentira. Es falso. Lo vivimos porque en él creemos, nos rendimos a él, pero es falso, es un engaño.

Reconoce únicamente al Dios amor, al Dios perfecto que te ama y que es incapaz de hacerte daño. Desconoce la maldad, la escasez, la pobreza, la enfermedad y el sufrimiento en el mundo. La imperfección no puede existir porque Dios no la ha creado. Tú la has creado con tu pensamiento. No alimentes su existencia creyendo en ella. Dale a Dios perfecto la oportunidad de colmarte de abundancia de cosas buenas y prepárate a recibir. Pero no pidas ni esperes que Él decida. Nombra lo que quieres, decrétalo en tu vida y espéralo. Él está presto a complacerte de todo aquello que te conviene, pero no va a decidir por ti. Reconoce el verdadero mundo hermoso que él creó. Visualízalo. Defínelo. Y lo verás manifestarse.

Dios vive en ti.





Seu.

lunes, 6 de junio de 2016

Él es la vida de la vida





No te angusties por lo que va a suceder en tu vida. No temas.
No te obsesiones por el dinero. De nada te sirve el dinero si no tienes salud.
No te obsesiones por la salud. No puedes conseguir la salud si no tienes paz.
No te obsesiones por la paz. Ella llegará a medida que tengas conocimiento de La Verdad.
No te obsesiones por La Verdad. Simplemente contémplala y ella anidará en tu corazón trayéndote la paz. Junto con la paz vendrá la salud y todo lo que necesitas para cumplir la misión que es tu razón de ser y al mismo tiempo disfrutar de la vida.
Entonces alcanzarás la plenitud y tu vida tendrá sentido.
Dios es la verdad y la vida.
Dispón de un rato cada día para desconectarte, y sin pensar en nada practica solazarte contemplándolo y reconociendo su perfección. Disfruta esa conexión todo el tiempo que quieras.
Él habita dentro de ti. No busques un rostro ni un personaje. Él es más que eso. Él es la vida de la vida. Siente como bulle y palpita.
Recuerda su perfección, su señorío sobre todo lo que sucede. Reconoce que es el único poder que maneja todo. Simplemente contémplalo. Reconócelo. Y ponte a su servicio.
Él es quien hace a través de ti y tú eres la conciencia que da testimonio de su existencia y su obra.
 Él es el acontecer.


Seu.                                                                    

martes, 17 de mayo de 2016

La Verdad siempre estuvo delante de mis ojos.






La Verdad siempre estuvo delante de mis ojos, pero para aceptarla tuve que deslastrarme, día tras día, de una grandísima cantidad de mentiras (casi todo lo que creía) que no me dejaban ver. Ahora espero poder cultivarla completamente en todos los momentos para recoger los frutos de tantas y tantas reflexiones. Cada mentira desenmascarada se tradujo en algo que mejoraba en mi vida. Y así fui mejorando, superando mis dudas y angustias. Cuando me di cuenta, ya estaba manejando La Verdad en los aspectos más importantes de mi día a día. Es cierto que me ha llevado una vida llegar a ella, pero solamente el hecho de poder presentársela a ustedes, justifica cualquier esfuerzo.

Ya no más fórmula mágicas, ya no más ensayar estrategias de otros, ya no más esperar un mesías, ya no más esperar y orar para que aparezca el bueno, el que sí sabe, el que viene a componer esto, ya no más cifrar esperanzas en el presidente, gobernador o alcalde honesto, ya no más esperar a esa persona que sí me quiere y que me apoyará y ayudará para resolver aquello, ya no más anhelar el amigo o familiar que sí tendrá deseos de ayudarme.
Nadie, absolutamente nadie puede ayudarme a transitar mi camino. No hay ningún futuro que construir porque el futuro ya fue construido y simplemente está esperando que yo vaya a vivirlo. Nadie puede, aunque quiera intensamente, vivir mi vida por mí, ni lo bueno ni lo malo. Nadie por su propia decisión o iniciativa puede suplirme de alguna cosa. Nadie puede entorpecer mi aprendizaje. Quien se atraviesa en mi camino fue elegido para eso. Aquél que no se equivoca no dejó detalle pendiente. Todo lo que vine a vivir, con todo lo que voy a necesitar, ya fue creado. Las personas a través de quienes voy a recibir algo, los lugares, circunstancias, condiciones, elementos, todo fue diseñado y escogido para mi aprendizaje. Hasta aquél que va a contrariarme ya fue escogido. También aquél que me hará reír o llorar. Y todos aparecerán en el momento preciso sintiendo la imperiosa necesidad o irresistible impulso de participar en mi vida para una cosa u otra. Y quizás sientan satisfacción o remordimiento por entorpecer mi curso o por apoyar mi existencia. Pero realmente, simplemente, son instrumentos que El Creador diseñó para influir en mi vida. Es Él mismo quien vive a través de cada uno de nosotros. Y nosotros vivimos en Él.
Claro que no es ese viejito que me pintaron cuando yo era un niño. Definitivamente no es una persona. En todo caso es un sistema, una inteligencia perfecta cuya forma no alcanzo a vislumbrar, pero sí a comprender, pues dentro de su inmensa complejidad, por su misma perfección, es de una simplicidad extrema. Los Principios a los que Él da lugar son absolutamente claros, definidos y definitivos. Él es El Bien, es La Luz, es La vida, es El Amor, es La Energía, es Único, es Perfecto, es el que Existe y Hace, es El Todo. Cualquier cosa que podamos imaginar contrario a Él, sencillamente no existe.
Sin embargo, nosotros, producto de nuestra ignorancia, derrochamos energía creadora concibiendo condiciones, circunstancias, elementos, seres, dioses, lugares y demás indeseables cuyos propósitos y comportamientos son contrarios a la esencia de la fuente que dió origen al Universo. Y desafiando con extrema locura los Principios que rigen todo lo creado, le reconocemos existencia a una monstruosidad que no tiene padre ni madre. Es cierto que estas inverosímiles creaciones las heredamos de nuestros muy remotos antepasados, y las aceptamos como ciertas cuando nuestras mentes estaban tan tiernas que no podíamos discernir sobre su veracidad, pero aunque ninguna de esas fantasías resisten un análisis medianamente serio, aún seguimos fundamentando nuestras vidas en esas mentiras. Pero hasta nuestras fantasías cumplen un propósito. Son efectos colaterales de la existencia del ser humano, consecuencias de nuestra capacidad de pensar y discernir. En La Creación nada sobra y nada falta. Todo está conectado cumpliendo una función. Este mundo de mentira sirve para que podamos apreciar la inmensa grandeza de El Creador y su obra. Así como la percepción del hambre nos lleva a valorar el alimento, el frío nos permite valorar el calor, la obscuridad la luz.

 Existe el bien, el calor y la luz. Sus opuestos no son reales. Son simplemente el efecto que percibimos cuando los primeros están ausentes.

En tus manos dejo este milenario conocimiento.




Seu. 

La Verdad




Dicen que dijo San Pablo: Conoce La Verdad, y La Verdad te hará libre.
Pero, ¿Qué es La Verdad, y de qué me hará libre? ¿No soy libre acaso?
Habrás oído decir que la verdad es una sola. Y es cierto. Para una cosa solamente puede haber una sola verdad. Y esa verdad es permanente. Si la cosa no cambia, la verdad sobre la cosa tampoco cambia. Siempre será la misma.
Las ciencias están repletas de ejemplos sobre esto. Dos más dos siempre será igual a cuatro. Por citar uno conocido.
Cuando conoces la verdad sobre algo, te liberas de la ignorancia que padecías acerca de ese algo. De eso nos liberta toda verdad. De la ignorancia. Las decisiones que tomamos fundamentadas en percepciones equivocadas sobre algo, generan errores, resultados indeseados. Al conocer la verdad sobre ese algo y libertarnos de la ignorancia que padecíamos, podemos tomar decisiones acertadas que nos brindarán satisfacciones. Entonces la vida comienza a verse de otro color.
Las personas que tienen a su cargo la responsabilidad de corregir irregularidades en el funcionamiento de cuerpos vivos o máquinas, léase médicos y mecánicos, también los jueces y aquellos que tienen la tarea de corregir irregularidades en alguna obra, necesitan de un diagnóstico preciso para poder ejecutar acciones efectivas. Es decir, necesitan conocer la verdad.
Las verdades nos libertan de vivir esclavizados, víctimas de los resultados de decisiones equivocadas.
San Pablo nos habla de la verdad total, la verdad sobre la vida y sobre el Creador de la vida. La verdad que nos libera del engaño en el que hemos vivido cometiendo errores tras errores. La verdad que nos define el punto de comparación, la guía para todos y para todo. El Principio por el cual debemos regir nuestras vidas. La explicación que nunca cambia porque tampoco cambia el sujeto a quien se refiere. Por eso la escribo con mayúsculas. La Verdad.
El primer punto de este conocimiento que llamamos La Verdad es: Que todo lo que existe tiene su origen en un único ser omnipotente que es Causa (Creador) y Principio (Gobierno que rige, Ley) de todo lo creado.
El Universo, sistema complejo integrado por una cantidad inmensurable de elementos que funcionan con altísima precisión y eficiencia solamente pudo ser creado por una inteligencia total y perfecta que gobierna desde el amor.
Basta con admirar la maravillosa obra que es el cuerpo humano para convencernos de esto.
Para dirigir eficientemente una obra tan magna como el Universo es preciso un único criterio, por eso sabemos que estamos regidos por un único poder.
Este único poder es constructivo pues funciona desde el amor, es el que nos da la vida. Es El Bien.
Una vez que lo tenemos claro, este primer punto nos servirá de base para construir lo demás.
Si el Creador Supremo es único, es perfecto y es El Bien, entonces concluimos que no existe el mal ni ser que lo represente. Siendo Dios perfecto y bueno, su obra es perfecta y buena. Si Él es el único con poder para crear y es El Bien, entonces no pudo crear el mal.
Esto nos lleva a que el mal es una ilusión a la que nosotros le damos vida al desconocer que Dios es único y perfecto. Esto nos lleva a que no existe tal cosa como la enfermedad, la pobreza, la escasez, las malas personas, etcétera. Nunca han existido tales cosas. Dios es perfecto. Su obra es perfecta.
Nuestro desconocimiento de La Verdad nos hizo concebir un Creador abusador y vengativo, caprichoso. Así le damos explicación a todos nuestros males. Pero la verdad es que esas cosas no existen, sino que son el resultado de nuestros pensamientos errados.
Conozcamos La Verdad y liberémonos de esos pensamientos errados y sus efectos funestos.
Disfrutemos de la obra perfecta de Dios.
El mal no existe.







Seu.

miércoles, 6 de abril de 2016

A propósito de este tiempo en el que vivimos.




Y me pregunto:


¿Qué estás esperando para deshacerte de todo apoyo al mal y entregarte totalmente al bien?............¿Acaso ignoras que la manera efectiva de desvanecer el mal es desarrollando el bien?

¿Cuánto tiempo dedicas a la sanación de tu mente?

Si la combinación de elementos de pensamiento que conforma tu mente determina tus decisiones, y tus decisiones son determinantes en el rumbo de tu vida, entonces es obvio que nos conviene tomar acción en seleccionar los conceptos que aceptamos como verdades. Si hay armonía entre los conceptos que habitan en nuestra mente, los resultados serán positivos, más, cuando en la mente conviven elementos antagónicos, y mira que conviven, el rumbo de la vida es incierto e incoherente.
Conviene definir cuál es nuestra primera y principal verdad, la piedra angular de nuestra creencia, y a partir de ella tejer todas las demás, desechando todo lo que se contradice con la piedra angular.
Mi piedra angular es: Existe un único Dios, un único poder que rige todo lo creado, y es definitivamente perfecto. Por lo tanto su acción es siempre constructiva, armónica, de vida, de salud perfecta, de deleite, de equilibrio, de amor, de entendimiento, de unión, de hermandad, de bien.
Esto conlleva a la conclusión de que, todo aquello que no sea bueno no es creado por Dios, por lo tanto no es real, sino que se origina en el razonamiento que nos permite imaginar, concebir en nuestra mente, cómo sería lo contrario a Dios, o sea, cómo sería la imperfección. Es así como, imaginando lo contrario a cada verdad, concebimos la enfermedad, la pobreza, el sufrimiento, el desamor, la tristeza, y todas las cosas imperfectas. Pero debemos tener claro que la imperfección pertenece a la nada, no existe. También es cierto que a través del análisis a la imperfección podemos descubrir la verdad y ver al Creador. Todo en nuestra vida cumple un propósito y está en ella para invitarnos a despejar el velo y descubrir la verdad.
Sin embargo, al enfocar constantemente nuestra atención en alguna de estas cosas, dándola por cierta, la alimentamos, la energizamos, y se materializa subsistiendo cual parásito que chupa nuestra energía vital. No es de extrañar pues, que la pérdida de esta energía particular se manifieste en enfermedad, tristeza, desamor, pobreza, escasez, etc., según sea el parásito que estemos alimentando. Por supuesto que en el mundo físico vamos a conseguir una causa lógica de esta manifestación, pues así funciona el mundo físico. También es obvio que si desvanecemos al parásito, se desvanecen los síntomas que él origina.

Dios único y perfecto como piedra angular de nuestra existencia y conducta no es una propuesta nueva. Más, nueva o antigua, de nada sirve si no la aceptamos y aplicamos permanentemente.



Seu.

martes, 8 de marzo de 2016

El Enviado



Se nos va la vida queriendo ser esto y queriendo alcanzar aquello. Concretamos algunas metas, logramos lo que no pretendíamos y otras cosas que anhelamos se nos hacen cada vez más lejos. Nos desilusionamos, a veces hasta de nosotros mismos, por no haber realizado los sueños de ser admirado por esto o respetado por aquello. Fingimos que no nos importa mientras morimos por dentro. Y, en algún momento, terminamos concluyendo que la felicidad no existe y que la vida es una porquería. ¿Te es familiar esto?

De pronto un día, no sé cuando, me doy cuenta. ¿De dónde saqué la idea de que vine a la vida a hacer lo que yo quiero, o lo que creo que quiero?, ¿Acaso no estuvo siempre clarito que no fue mi decisión venir a esta vida y que tampoco fui consultado si estaba o no de acuerdo?

Tal vez esto siempre ha sido evidente, mas nunca me percaté de eso. Hasta hace apenas unos momentos antes de decidirme a escribir sobre este tema. Ahora voy entendiendo. Mal podría yo materializar mis sueños si no estoy facultado para hacerlo. Realmente estoy aquí para ejecutar los sueños de otro, una tarea que me fue encomendada y para la cual sí estoy facultado. No decidí venir, fui enviado. Con una misión que aún no sé cuál es, aunque la presumo. Es algo que me produce harta satisfacción cuando lo hago. También estoy entendiendo, y todo encaja perfectamente, que si decido aceptar mi misión y dedicarme de lleno a ella, la felicidad inundará mi vida y mis días serán de vívidos colores. Es claro. Al dedicarme a ejecutar la tarea para la cual fui enviado, recibiré en el transcurso las herramientas que vaya necesitando y me desplazaré en armonía con lo que me rodea. Resulta lógico.
Sonrío al reconocer mi inocencia y me pregunto cómo pude ser tan ingenuo o más bien, soberbio. Cómo pude pensar que me dejaron entrar a este mundo para hacer lo que se me antojara. Siendo que el Creador del Universo ejerce sus funciones con seriedad y precisión es lógico pensar que no permitirá que ninguna criatura venga a desentonar lo que El ha programado. Todo lo que no se mueve en su armonía sufre las consecuencias. Entonces, no dudo en reconocer que no vine por mi cuenta, sino que fui enviado. Acepto mi misión con humildad y renuncio a mis antiguas pretensiones. Seguro estoy que seré feliz realizando la tarea que me fue encomendada, de manera que ya no insistiré en alimentar mi ego. No insistiré en "asegurar mi futuro". Reconozco poder únicamente a Dios y sé que El se encarga de todo. Yo simplemente debo transitar el camino que me va marcando y esforzarme en servir haciendo siempre las cosas lo mejor que puedo. Aquello que entorpece el cumplimiento de mi misión está fuera de mi alcance.

Doy gracias al Cielo por este rayo de luz que iluminó mi mente y lo comparto contigo.



Seu 

lunes, 23 de noviembre de 2015

Esperanza







No me la estás poniendo nada fácil, dijo Darío.
Sentado en el desgastado sofá se parecía más a su padre. Su rostro, demacrado por la enfermedad, lo hacía parecer más viejo, y en su voz se notaba el desaliento de quien comienza a aceptar su final. Sus ojos, que estaban mirando sin ver a lo alto de la pared, se movieron en su órbita, enfocándome, y en ellos vi una súplica.
Me estoy muriendo, hermano.
Lo sé, Darío. Yo también.
Suavemente giró la cabeza, sorprendido, con la interrogación pintada en su gesto. 
Después de cierta edad todos estamos muriendo, solamente que algunos van menos rápido que otros, dije.
Bajó sus párpados, comprensivo.
Darío, pon atención. Qué te gustaría escuchar, interrogué.
Recostó su cabeza y con los ojos cerrados, recitó: Tu enfermedad es curable y con este tratamiento volverás a ser como antes en corto tiempo.......

Algunos hombres no se permiten llorar, y Darío era de esos tipos rudos. Habían transcurrido cuatro años desde que lo diagnosticaron y aún seguía vivo, librando batalla tras batalla y retrocediendo en calidad de vida y aspecto sin entregarse. Pero había llegado el momento en que sabemos que la cuerda está demasiado tensa.
Estoy cansado, dijo.
No entendí si se refería a agotamiento o a que estaba frustrado de luchar contra su condición. Asumí que se refería a ambas razones.
Toda enfermedad es reversible, dije.
Levantó la cabeza y me miró como esperando una explicación. Me pareció distinguir una luz de esperanza en el fondo de sus ojos.
Ahora mismo eso es lo que me sostiene, confesé.
Coño, soltó Darío. Qué es lo que te pasa.
No te inquietes, le adelanté. Vengo bajando escalones desde hace cinco años, pero también he capitalizado un aprendizaje mayor que lo que había aprendido en sesenta años. Ahora veo la vida de otra manera. Algunas vainas dejaron de importarme.
Cómo qué, preguntó.
Como vivir, le respondí. Ya no me aferro. Lo que piensa el mundo me sabe a jabón. Solamente me interesa lo que sienten mis seres queridos.
Pienso lo mismo, dijo Darío. Coño pero, ¿a jabón?
Yo me reí a carcajadas mientras mi amigo mostrando los dientes asentía una y otra vez con su cabeza. En otros tiempos habría soltado lágrimas de tanto carcajearse, pero hoy en día no explotaba de alegría como antes. Sin embargo, el hecho de mostrar los dientes un buen rato mientras yo festejaba su ocurrencia era indicador de que aún le quedaban ánimos.
Es un decir, Darío, un decir.
El hermanazo, así le decíamos, recostó su cabeza nuevamente en el espaldar del sillón y fijando los ojos en el techo me dijo: Háblame sobre eso que dijiste, que las enfermedades son reversibles.
Darío era persona de arraigados conceptos religiosos. Como la mayoría de su entorno, nunca cuestionó las creencias de sus padres y continuó cultivándolas y transmitiéndolas a sus hijos. Por eso, cuando le dije que su salud estaba relacionada con sus sentimientos, y que considerara deshacerse de algunos conceptos y practicar el perdón, su respuesta fue: no me la estás poniendo nada fácil.
Realmente no era nada fácil. Algunos temas no tienen orilla. Solamente la probada y entrañable amistad de tantos años me permitía sugerirle tal cosa.
Hermanazo, empecé. Hace apenas unos años, cinco o seis, por un evento que viví, tuve la corazonada que mi vida estaba próxima a su final. Convencido como estoy que esa fecha está escrita y no puede ser cambiada, me interesé en ordenar mis asuntos para no dejar problemas a mis descendientes. Eso no fue complicado. Después me enfoqué en disolver los resentimientos que he ido albergando en etapas anteriores de mi vida, y amigo, esto sí ha sido cuesta arriba.
Y eso que tiene que ver, interrumpió Darío desde su sofá.
Tiene que ver, Darío, en que nuestros sentimientos repercuten en nuestro cuerpo, y nuestros sentimientos están conectados a aquellos conceptos que hemos aceptado como verdades que rigen nuestra mente y nuestra conducta. Por eso es que no surten efecto tratamientos y más tratamientos que recibimos, pues la causa del mal que nos aqueja no está en nuestro cuerpo sino en conceptos antagónicos que dan lugar a alguna alteración en nuestro estado emocional. Y aunque no estemos conscientes de que tenemos una alteración emocional, igualito sufrimos el efecto del conflicto entre los conceptos. La alteración emocional repercute en la armonía de nuestra materia y ahí viene el desorden.
Darío se quedó mirándome fijamente. Se había separado del espaldar y parecía sopesar la veracidad de mis afirmaciones.
Desde cuando sabes eso, preguntó.
Desde ahorita.
No me jodas, dijo.
¿No ibas a hablarme de que las enfermedades son reversibles?
Precisamente hermano. Son reversibles. Al resolver la alteración emocional el cuerpo recupera su estabilidad.
¿Y entonces, por qué tú no te has curado?
No es que estoy cuestionando lo que dijiste, aclaró. En verdad eso suena bastante lógico y me movió el piso. Es casi lo que quería escuchar, pero creería si viera que estás perfecto. Pero espera. Dijiste que tengo que curar la alteración emocional. ¿Cómo sé cuál es la alteración emocional y cómo la sano?
Me di cuenta que los dos estábamos de pié y nos habíamos desplazado de los asientos.
Espera Darío. Vamos por partes. Vengo trabajando en esto a punta de razonamientos, de reflexiones. De hecho, las conclusiones que se van abriendo como un abanico y dando lugar a otras conclusiones han alborotado mis emociones, o sea, he tenido nuevas alteraciones emocionales, pero agradables la mayoría, he sentido euforia, entusiasmo. Algunas dolencias han desaparecido y también he notado otras nuevas, pero ya mi objetivo no es sanarme de algo en particular, sino que lo que me atrae es entender. ¡Esto me parece fascinante! Doy por hecho que funciona y no ando pendiente de los resultados. Mi estrategia es confrontar mis conceptos y me ha estremecido despedirme de algunos que definitivamente eran un lastre, pero deshacerme de ellos me ha traído una sensación de bienestar. Además estoy lleno de esperanzas. Especialmente me regocija que otras personas puedan beneficiarse de esto.
Darío me hizo señas que lo siguiera y se encaminó hacia la cocina. Allí, con la destreza de quien tiene la práctica, comenzó a preparar un café. Algo en mi amigo había cambiado, me pareció que sus movimientos eran más vivos y en su boca había una tenue sonrisa. El aroma de la infusión inundó el ambiente mientras el hermanazo escogía dos tazas donde servir. Cuando estuvieron llenas chocamos los recipientes y dijo: 
¡Por la sanación de las alteraciones emocionales!

 El viejo Darío estaba de vuelta.
 Luego conversamos de otros tiempos.

Conservo las tazas y el recuerdo de ese brindis.



Seu.