lunes, 9 de abril de 2018

Estoy de regreso- El Meditador


Hola amigos, estoy de vuelta.
Holaaaa, ¿Hay alguien por ahí?
Bueno, comienzo de esta manera porque no había escrito en este blog desde mediados del año 2017. Los días van pasando y la rutina del día a día me absorbe, no sé si te sucede lo mismo. Pero en ocasiones me recupero, como que despierto, y volviendo a la...¿realidad?... retomo la vida con el entusiasmo de escribir en este blog.
Hoy, estoy en ese despertar.
Quizás has notado que este blog no es un ordenado archivo de capítulos consecutivos. Mas bien parece un proyecto de libro, una gaveta donde voy guardando mis reflexiones. Podría decir que es una cronología de mi crecimiento en entender qué es la vida. Ahorita mismo, lo que estoy haciendo es reflexionar sobre lo que he hecho con mi blog. Tal vez, es simplemente una bitácora de mi navegar por la vida. Como quiera que sea, si alguien además de mí, lee esto, espero que le sirva de algo. Gracias a las reflexiones vertidas en este medio, mi vida ha cambiado para bien.

Hoy les traigo algo refrescante e ingenuo que recuperé de mi memoria y que titulé como sigue:

                                          El Meditador


Mientras cursaba la primera mitad de la primaria, en algún momento de mi vida leí un escrito o escuché una anécdota que cautivó mi mente inocente, y que aún hoy en día, con más de sesenta años, recuerdo en esencia.
Decía de un hombre que acostumbraba dar largos paseos por la arena de una playa solitaria mientras se entregaba a su meditación favorita: Resolver el misterio de La Santísima Trinidad. Una soleada tarde, exhausto, se sentó a descansar en una roca y luego de un rato de estar entregado a sus cavilaciones, se percató de la presencia de un hermoso niño que entretenidamente jugaba cerca de él, como a unos cien pasos de distancia. Interrumpió sus reflexiones el hecho de que, aparte de alguna que otra ave picoteando en la arena, no se veían en la playa más seres que el niño y él. Miró en todas direcciones y pudo comprobar que definitivamente estaban solos. Intrigado, decidió no perder de vista al niño hasta que apareciesen sus padres. Durante largo rato lo vio caminar una y otra vez hacia las tranquilas aguas metiéndose hasta sus rodillitas y llenar un pequeño cuenco que luego vaciaba en un hoyo que había abierto en la arena. Iba y venía una y otra vez haciendo lo mismo. En vista que los padres no aparecían decidió acercarse prudentemente un poco más para mirarlo de cerca.
El precioso niño no dio señal alguna de notar su presencia y seguía afanoso en su tarea. Iba y venía con su cuenco lleno de agua para verterlo cuidadosamente en el agujero. Era verdaderamente hermoso. Como de tres a cuatro años máximo, con hermosos bucles rubios que brillaban con los rayos del sol. Inteligentemente, de cuando en vez, vertía el agua sobre su cabeza para refrescarse, haciendo que su hermosa cabecita semejara un sol en miniatura por los reflejos que producían los rayos de sol que se quebraban en sus cabellos mojados. Era un espectáculo inolvidable. Cuando regresaba con el agua, sus tiernas rodillitas se posaban en la arena muy cerca del agujero, quizás en un intento de que toda el agua cayera dentro de el mismo. A través de sus bucles se adivinaban sus mejillas enrojecidas por el sol, tanto como sus hombros y bracitos. Sus manos gorditas e impregnadas de arena atesoraban la taza cuidadosamente.
Aquel hombre levantó la vista y nuevamente miró en todas direcciones para comprobar que aún los padres no aparecían. Inquieto, decidió acercarse más y caminó hacia el niño con paso lento y distraído. El niño pareció no percibirlo; absorto en su juego llenaba de nuevo su cuenco después de remojarse sus crespos.
Nuestro amigo se detuvo cerca del agujero en la arena y esperó pacientemente el regreso del niño. Pudo ver su rostro y constatar que definitivamente era precioso. Lucía una sonrisa de satisfacción que dejaba ver menudos dientecitos más allá de sus labios enrojecidos por el sol.
Con voz amistosa le preguntó: ¿Qué haces?
El niño, sin levantar su cabecita, después de vaciar cuidadosamente el cuenco en el hoyo, le contestó, señalando hacia el mar: Voy a meter toda el agua que está ahí, en el agujero que abrí en la arena.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de aquel buen hombre.
Eso es imposible, dijo, con tono condescendiente.
El niño, con su manita impregnada de arena apartó sus dorados bucles mientras levantaba su carita hacia la mirada del adulto y le sonrió. Su rostro resplandecía de belleza y ternura. Tenía hermosos ojos más azules que el mar y sus cabellos parecían hilos de oro.
Imposible es que tú resuelvas el misterio de La Santísima Trinidad, respondió.
La tierna vocecita de aquel niño sonó como compases celestiales 
que estremecieron el alma del meditador y armonizaron con el sonido de las suaves olas. Tocado por algo más allá de su entendimiento perdió momentáneamente noción del día y del espacio. Se quedó como aletargado, como suspendido en el aire, como si se hubiera detenido el tiempo.
El canto de las aves destacando por encima del sonido de las olas que acariciaban la arena, lo volvió en sí. Una suave y refrescante brisa tocó su cara y le anunció que el sol ya se ponía. El agujero en la arena, aún con agua, estaba cerca de sus pies, pero el catirito no se veía por ninguna parte.
Con su corazón palpitando emocionadamente, deslizó su mirada por la playa desierta, buscando evidencias de que el niño había estado ahí, y le pareció ver en la arena tenues huellas de piecitos que se iban borrando con el agua. Pero aquel infante no estaba más, se había desvanecido ante sus ojos tal como apareció.
Hablé con un ángel, susurró, hablé con un ángel.


                                             Fin



Seu.


sábado, 15 de julio de 2017

Te veo languidecer





Te veo languidecer
Como llamita que flota
En pocito de parafina,
Que fue erguida vela
Y desafiaba los vientos.
Ahora parpadeas
Y corro a protegerte
Con mis manos de la tenue brisa.
Mientras, tomo conciencia
Que la vida inexorable
En un cambio de color
Se llevará tu luz,
Y veré flotar
En triste despedida
El humo de tu adiós
Que trato de retener

Mientras se aniegan mis ojos.



Seu.

sábado, 24 de junio de 2017

Momentos de Incertidumbre





Los he tenido, los tengo, y los tendré. Son parte de lo que no sé. Mi vida ha sido un preguntarme si estoy haciendo lo correcto, si hice lo correcto, o si es correcto lo que pienso hacer. También me pregunto en ocasiones si estoy estancado, otras veces, si estoy yendo demasiado rápido.
Por eso estoy sentado escribiendo estas líneas. Trato de poner en claro mi estrategia para superar la angustia que es generada por la incertidumbre.
Lo primero que hago es enfocar mi atención en mi base fundamental. Vengo de, soy obra de, El Creador de todo lo creado. Tan pronto lo pienso, comienzo a sentirme menos inseguro. Sé que fui creado para un propósito y que es El quien existe. Yo, simplemente, estoy para registrar los hechos, soy el testigo y la identidad, la cara y el nombre. Soy el conductor en entrenamiento y en ocasiones me toca decidir entre varios caminos. Para eso dispongo hoy en día de un conocido código de conducta que me permite evaluar.
 Es tranquilizante sentirse apoyado.  Saber que no estás solo y que sea lo que sea que te toque vivir, siempre será una ganancia en aprendizaje, es alentador. También reconforta saber y aceptar que la mayoría de las cosas no son para siempre, y que constantemente vendrán nuevas experiencias a sustituir las anteriores. Que la vida es una ilusión, literalmente, y que no debes apegarte a personas ni cosas. Que de nada eres dueño es una regla invariable que se debe entender y respetar. Tomar conciencia de que la vida no la manejo yo, aunque muchas veces así parece, y que los resultados fueron decididos de antemano para mi evolución positiva, ayuda a aceptar lo que hay y lo que vendrá. Es como si Dios me hubiera dicho: Acompáñame en este viaje. Por eso, mis hijos son en realidad sus hijos. Yo estoy a cargo del cuerpo de quien ellos abrazarán y llamarán papá. Por supuesto que llego a amarlos como a mi vida, es tan hermoso procrear y luego ayudarlos a crecer….Y es tan hermoso oírlos llamándote papá. Pero son sus hijos y El tiene planes para ellos. No debo olvidar eso. Por esta razón no debo desperdiciar oportunidad de abrazarlos y besarlos, de ver sus ojos y escuchar su voz, sus vivencias y sus expresiones de amor. Lo mismo se aplica para demás personas de mi familia y de mi entorno. De cada momento, de cada disfrute y de cada experiencia, dulce o amarga. De eso se trata la vida. De vivir cada momento con especial atención, tratando de hacerlo lo mejor que podamos. Y luego pasar la página. Algunas veces, equivocarnos, será lo más conveniente. Ahí estará el aprendizaje.
Por eso, sin miedo, debo ir al encuentro de cada día con la vida, y dar lo mejor de mí.
 Un experto está a cargo de todo.

Seu

martes, 23 de agosto de 2016

El Mundo Verdadero.




El mundo físico, del cuál mi cuerpo forma parte, no existe por sí mismo, sino que es una proyección de lo que yo pienso de él. Eso ya lo hemos hablado. En otras palabras, el mundo físico es la materialización de mi concepto cómo yo concibo al mundo.
El mundo real, verdadero, que no tiene materia, el que yo ni siquiera imaginaba, está hecho, igual que yo, de la esencia de Dios. Por lo tanto es perfecto.
En la medida que voy reconociendo su verdadera esencia, voy cambiando el concepto que albergo en mi mente. Como consecuencia, el mundo físico se va tornando diferente. Ahora entiendo que ese mundo físico no puede darme nada que yo no le haya dado antes, no puede darme nada que yo no le haya reconocido antes.
Por esta razón, es conveniente que me aboque cuanto antes a definir cómo es el mundo verdadero.
Lo primero que se me ocurre es que siendo hecho de la misma esencia de Dios, igual que mi espíritu, mi yo verdadero, es absolutamente perfecto. Todos sus componentes, incluyéndome, encajan en armonía total. Este pensamiento me produce una clara sensación de bienestar, tranquilizante. Siento que en mi cara se dibuja una tenue sonrisa, anticipándome a todos los cambios que pueden venir. Cuán agradable es sentirse amparado por la presencia Divina.
En el mundo verdadero, el amor, la buena intención y la paz, están siempre presentes en todos los corazones. No hay temor ni egoísmo. No hay ninguna razón para desconfiar, pues todos estamos hechos de lo mismo. La naturaleza del mundo verdadero es una con nosotros y nos provee de abundancia de todo lo bueno. Dios se mueve entre todos, y en algunas ocasiones somos dadores, y en otras, recibidores. Nuestro afán es servir.
Cada ser ejecuta su función con esmero. Apreciamos la belleza de las aves y los insectos ejerciendo su acción polinizadora, las plantas pariendo sus frutos y oxigenando el planeta. Todos los animales compartiendo las bondades del paraíso. Vivir es una delicia.
Por supuesto que todos somos completamente sanos y vivimos para amarnos.
Así concibo el mundo verdadero.

Reconocer la esencia de Dios en el mundo verdadero, es la manera de abrir las ventanas de mi mente para alimentar al mundo físico con la realidad y belleza que le corresponden. Es natural que ahora el mundo que veo traiga a mi puerta física abundancia de cosas buenas.

Te invito a practicar este ejercicio.






Seu.

lunes, 25 de julio de 2016

El Mundo es una Mentira



Ya hemos hablado sobre la falsedad del mundo que vemos.
Ahora cabe la pregunta: ¿Cómo hacemos para desenmascararlo?, ¿Qué debemos hacer para componerlo o cambiarlo?, ¿Cómo lo atacamos?

Contra el mundo no debemos ocupar nuestros esfuerzos. Él no es nuestro enemigo. De alguna manera el mundo nos está enseñando que algo no anda bien. Por otra parte, ir contra el mundo sería como intentar corregir en la pantalla del cine aquello de la película que nos parece mal. Nunca tendríamos éxito. Acertado sería corregir el original de la película, pues lo que vemos en la pantalla es simplemente una proyección. Y precisamente eso es lo que es el mundo. Una proyección.
Una proyección de nuestro concepto sobre la vida en general. Sí. Así como lo estarás entendiendo.
El mundo en el que vivo, el mío en particular, no es obra directa de Dios. El tuyo tampoco. Por eso es que no funciona pedirle que cambie el mundo. ¡No es obra de Él! Absolutamente todo lo que veo en mi mundo lo creé yo. Viene de mi interior donde lo alimento al aceptar que es real. Desafiando la naturaleza del Creador y contra toda lógica yo he aceptado que existen las enfermedades y las desgracias, solo por nombrar algo que nos hace sufrir. He aceptado que existen malas personas y que tienen el poder de perjudicarme.
Pero, ¿Cómo pueden existir las enfermedades y otras desgracias si Dios no las creó?, ¿Cómo podría existir cualquier cosa que no haya sido creada por Dios? Si Dios es perfecto y es el único Creador no puede haber creado tales cosas. Por lo tanto no existen. No son reales. A pesar de lo que veo tengo que rendirme a la razón.
Conclusión: Las creé yo. Son mi responsabilidad. Son mentiras que yo acepté como verdaderas, aunque como ya dije, van contra toda lógica. Me afectan porque creo que son reales. Siempre he creído que las hizo Dios. Pedirle a Dios que actúe contra ellas sería como un niño que le pide a su padre que le resuelva la tarea de la escuela. El padre en este mundo algunas veces comete ese error y no deja crecer intelectualmente a su hijo, pero el Creador no. 
Puedes llorar y suplicar indefinidamente. Puedes enfadarte y rebelarte. Le endilgarás la culpa de todo a terceros. ¿Te suena familiar? Pero Dios no va a resolverte la tarea.
 En algún momento te cansarás de no ver resultados y acometerás la tarea de ver como resuelves tu vida. Inevitablemente te preguntarás por qué el mundo es así. Te preguntarás si eres tú el culpable de eso. Irás atando cabos. Y llegarás a la respuesta.
Soy yo. Mi mundo guarda una relación especial conmigo. Por eso es que generalmente no funciona aplicar las fórmulas de otros. ¡Mi mundo es parte de mí!, ¡Con razón el mundo es tan absurdo!, ¡Es el resultado de querer encajar las verdades con las mentiras! He creado un conflicto.
Ahora sé que el monstruo que me ataca fue creado por mí. Y también sé que tengo el poder de desvanecerlo. ¡No existes!, ¡Te lo digo en tu cara!, ¡Nada puedes hacerme porque no existes!, ¡Aunque intentes atacarme e impresionarme ya no tienes ningún poder sobre mí, porque ya conozco la verdad!, ¡Soy libre de ti!
Bendito sea el Creador. La Verdad me hace libre. He sido víctima de las mentiras que he aceptado como verdades.
He tardado toda una vida para desmenuzar este embrollo de mentiras y llegar a la verdad, pero gracias a Dios, ya lo hice. Ahora a reconstruir mi mundo. Aprendí que no tengo que convencer a nadie. Basta con que yo lo sepa.
Solamente existe El Bien.







Seu.

lunes, 27 de junio de 2016

Vine a salvar el mundo





Vine a salvar el mundo, dijo.
Algunos creyeron firmemente en sus palabras. Al pié de la letra. Otros se quedaron expectantes, conteniendo la respiración.
Algunos más, dijeron: ¡Bah!
Y no faltó quien pensara que bastante suerte tendría si lograba salvarse él.
Durante el transcurrir de mi vida participé de la esencia de cada una de estas corrientes. La primera fue en mi niñez. Mi inocencia estaba ávida de escuchar y aceptar que había una mágica realidad que gobernaba el mundo, y gustosamente me rendí a ella. Fueron tiempos de cuentos de hadas y duendes. En mi mente aún conservo imágenes de esos cuentos. La diferencia con el salvador del mundo es que este último no tenía un final feliz. Marcaba una realidad.
Con el pausado desvanecimiento de mi ingenuidad fui decepcionándome de la primera corriente y cambiando mi esperanza a la segunda. Más adelante también dije: ¡Bah!, y me olvidé del asunto. Ya era obvio que no había podido salvarse él, y además decían que había dado su vida para salvarnos a todos.
Ante una leyenda que no entendía preferí poner mi atención en otros asuntos. Pero no me fue bien.
Bueno, en algunos momentos las cosas iban bien. Pero la sensación de que faltaba algo importante era constante. La vida era como navegar con frágil canoa en aguas turbulentas de un vertiginoso río de montaña con muchas rocas y peligros en el camino. Como en el río, había remansos de aguas tranquilas, pero eran breves momentos. El peligro de caer por una gigantesca cascada era permanente. En varias ocasiones el torbellino de la vida me hizo añicos la canoa. Entonces, aferrado a alguna roca, me afanaba en rescatar los pedazos para reparar mi frágil embarcación. Algunas veces lloré, otras renegué, y muchas otras perdí la esperanza. Y hasta la roca. Pero como no se puede vivir sin esperanza, y yo quería vivir, me inventaba una esperanza nueva. Con ella sosteniendo mi corazón, juntaba los pedazos de canoa que había podido salvar y me las arreglaba para poder llegar a alguna orilla donde pudiera rehacer mi viaje.
Siempre con la sensación de que había algo. Algo que podría dar respuestas a todas mis preguntas e inquietudes. A esa misma sensación la mandé varias veces a tú sabes donde.
Pero en fin, no deseo aburrirte con la historia de mi vida, que por lo demás, probablemente solamente es de mi interés. Más bien voy a decirte lo que estás esperando oír. SÍ. Sí hay una explicación. Sí hay respuestas a todas mis preguntas, y a las tuyas también.
¡Cuánto alivio experimenté cuando discerní la esperada respuesta!
Con ella todo encaja perfectamente. Ante ella no puedes evitar sonreír, pues tu alma se regocija de nueva esperanza. La sonrisa brota como cuando, casi al final de la película, cuando parece que todo está perdido y ganarán los malos, aparece el paladín que hará justicia y pondrá a cada quien en su lugar.
Sin embargo debo alertarte en algo. Una vez que conozcas la tan esperada explicación, deberás colocarla en un lugar donde inevitablemente la mires todos los días, y tu primera acción de la jornada será recordarla y reflexionar sobre ella, hasta que con el tiempo y el aprendizaje, se siembre en la esencia de tu ser y, siendo parte natural de ti, emerja espontáneamente en tu conducta.
Si no le das importancia a lo que intento transmitirte, producto de mis vivencias, en pocos días tus viejos conceptos habrán desvanecido de tu mente la nueva enseñanza, y estarás de regreso practicando tus viejos errores y vicios. Volverás a naufragar y renegar, hasta que un día, con el corazón vacío y triste, tengas la buena suerte de tropezar de nuevo con la sabiduría, y retoñe nuevamente en tu alma la flor de la esperanza.

Por alguna razón que no es imprescindible conocer ahorita, hemos fundamentado nuestras vidas en la firme convicción de que somos seres insignificantes, enviados a vivir en un caprichoso y cambiante mundo infectado de injusticias y de maldad, en el cual estamos a merced de sufrir cualquier atrocidad para que paguemos pecados que supuestamente cometimos en otras vidas, de las que misteriosamente no conservamos ni el más vago recuerdo. Y aunque no hayamos cometido ningún error, de todas maneras estamos sujetos a sufrir cualquier absurdo percance porque el mundo es así y punto.
La única oportunidad de encontrar alivio a nuestras desgracias es suplicar a un indolente dios cuya descripción de bueno no se corresponde con la realidad que vivimos día tras día, y no siente remordimientos de permitir que seres inocentes sufran cualquier cantidad de aberraciones. A veces parece atender, otras como que no está de humor, y la infinita mayoría de ocasiones ni contesta. Nos rebelamos, nos rendimos, nos sometemos, volvemos a rebelarnos y luego a someternos, y así nos va pasando la vida sin entender nada. De vez en cuando concluimos que estamos en el infierno.
Finalmente terminamos por aceptar que estamos aquí para ser abusados, y nos resignamos. Nos quedamos esperando que la vida pase a ver que nos trae. Oramos, suplicamos, pedimos, mendigamos. Dios lo quiere así, decimos.
¡Pues no! ¡Las vainas no son así!
¡Rebélate! ¡Cambia ese dios ridículo por el Dios verdadero!

Vine a salvar el mundo quiere decir: Vine a superar este mundo de mentira, que no existe. Vine a despertar y superar esta pesadilla, este mal sueño.

La obra de Dios ha sido calumniada. Es exactamente como cuando nos han mentido sobre alguien o algo y nosotros nos comportamos hacia ese alguien o algo defensivamente. Lo damos por malo y reaccionamos de acuerdo a lo que creemos.
La obra de Dios ha sido calumniada y nosotros ingenuamente hemos aceptado que Dios es un incapaz que teniendo todo el poder y la perfección no logró hacer su tarea. O que es un mal intencionado irascible y caprichoso que disfruta haciéndonos la vida de cuadritos con enfermedades y desgracias.
Como puedes ver, estas piezas no encajan en el juego. Si Dios es perfecto no puede andar creando mal, y si no es perfecto, el universo tendría que haberse destruido inexorablemente. Por lo tanto, puedes respirar aliviado.
Conclusión lógica, estamos en presencia de una grandísima mentira.

Sí, así como lo estás entendiendo. El mundo imperfecto es de mentira. Es falso. Lo vivimos porque en él creemos, nos rendimos a él, pero es falso, es un engaño.

Reconoce únicamente al Dios amor, al Dios perfecto que te ama y que es incapaz de hacerte daño. Desconoce la maldad, la escasez, la pobreza, la enfermedad y el sufrimiento en el mundo. La imperfección no puede existir porque Dios no la ha creado. Tú la has creado con tu pensamiento. No alimentes su existencia creyendo en ella. Dale a Dios perfecto la oportunidad de colmarte de abundancia de cosas buenas y prepárate a recibir. Pero no pidas ni esperes que Él decida. Nombra lo que quieres, decrétalo en tu vida y espéralo. Él está presto a complacerte de todo aquello que te conviene, pero no va a decidir por ti. Reconoce el verdadero mundo hermoso que él creó. Visualízalo. Defínelo. Y lo verás manifestarse.

Dios vive en ti.





Seu.

lunes, 6 de junio de 2016

Él es la vida de la vida





No te angusties por lo que va a suceder en tu vida. No temas.
No te obsesiones por el dinero. De nada te sirve el dinero si no tienes salud.
No te obsesiones por la salud. No puedes conseguir la salud si no tienes paz.
No te obsesiones por la paz. Ella llegará a medida que tengas conocimiento de La Verdad.
No te obsesiones por La Verdad. Simplemente contémplala y ella anidará en tu corazón trayéndote la paz. Junto con la paz vendrá la salud y todo lo que necesitas para cumplir la misión que es tu razón de ser y al mismo tiempo disfrutar de la vida.
Entonces alcanzarás la plenitud y tu vida tendrá sentido.
Dios es la verdad y la vida.
Dispón de un rato cada día para desconectarte, y sin pensar en nada practica solazarte contemplándolo y reconociendo su perfección. Disfruta esa conexión todo el tiempo que quieras.
Él habita dentro de ti. No busques un rostro ni un personaje. Él es más que eso. Él es la vida de la vida. Siente como bulle y palpita.
Recuerda su perfección, su señorío sobre todo lo que sucede. Reconoce que es el único poder que maneja todo. Simplemente contémplalo. Reconócelo. Y ponte a su servicio.
Él es quien hace a través de ti y tú eres la conciencia que da testimonio de su existencia y su obra.
 Él es el acontecer.


Seu.